Guerra y esperanza

La difícil situación que atraviesa Europa debe tomarse como una oportunidad para cambiar el modelo económico europeo basado en la competencia entre socios para ganar el Mercado Único. Este modelo ha producido un crecimiento débil, deflación, desigualdad y pobreza laboral, propiciando la aparición de partidos xenófobos dentro de la UE. En paralelo, el tren del progreso vuelve a pasar por delante de España gracias a la transición verde y su financiación europea. Esta oportunidad no debe desaprovecharse como ocurrió con el euro. Y aunque parezca pensar a demasiado largo plazo es muy importante introducir y resolver de manera colectiva el debate, sobre en qué queremos emplear una energía limpia y barata. De otra forma, los intereses privados acabarán resolviendo esta cuestión. La burbuja inmobiliaria es una prueba de que no los harán pensando en la sostenibilidad y el interés general.

 

El gran economista británico John Maynard Keynes impartió una conferencia en Madrid en 1931. La tituló: las posibilidades económicas de nuestros nietos. En aquellos momentos de zozobra colectiva por la Gran Depresión, Keynes levantó los ojos por encima de la coyuntura para mostrar que aquello era un tropiezo dentro de una larga historia de éxitos que tenía además un futuro brillante; y no se equivocó. Casi cien años después -Keynes puso las luces largas en su predicción-, la acumulación de capital que se ha producido en Occidente es de tal calibre que la economía ya no se enfrenta a un problema de eficiencia para el crecimiento, sino de redistribución justa para cubrir con calidad lo que este gran economista denominó “necesidades absolutas”, aquellas que permiten llevar una vida digna. Atendidas éstas, las personas se podrían dedicar a lo importante: disfrutar de las relaciones interpersonales y cultivar las Bellas Artes, como él hizo con sus colegas del círculo de Bloomsbury.

Las muertes por la pandemia y la guerra de Ucrania vuelen a empujar a los europeos y europeas hacia la frustración. Afortunadamente ahora disponemos de instituciones nacionales e internacionales y medios para controlar y disolver mejor la incertidumbre y los problemas. Por ejemplo, la gripe de 1918 no contó con las vacunas, los avances médicos y los sistemas sanitarios universales que hay ahora. Aunque estas ventajas se han podido ir al traste por la subordinación del riesgo sistémico de una variante ingobernable a la cuenta de resultados de unas pocas empresas farmacéuticas.

La guerra que sufren las personas que viven en Ucrania debe servir para reforzar el compromiso con la democracia, la seguridad y autonomía frente a terceros, la igualdad de oportunidades para que el ejercicio de las libertades sea real y la atenuación de las diferencias para que la concentración del poder económico no termine suspendiendo esas libertades. La guerra debe conducir a más Europa y más democracia en sus órganos de gobierno y no debe quedarse en un aumento del gasto en defensa, sino que hay que aprovechar la oportunidad para cambiar el modelo económico europeo actual, que ha conducido a un crecimiento débil, deflación y desigualdad. Esto a su vez ha alimentado las opciones políticas nacionalistas y xenófobas dentro de la UE, que buscarán aprovechar la agresión del ejército ruso para reforzar la aceptación por los ciudadanos de respuestas autoritarias que restrinjan las libertades o aumenten la presión sobre los colectivos vulnerables, como si ellos fueran los causantes de los problemas.

El modelo actual de economías orientadas principalmente a la exportación se contrapone al basado fundamentalmente en la demanda interna y a la cooperación entre países frente a la competencia. Con las exportaciones son otros, mediante la demanda externa, los que empujan el crecimiento económico de un país. El modelo alternativo es basar el impulso de la actividad económica en atender las necesidades absolutas internas de las que hablaba Keynes, sin que esto implique que se deje de exportar, pero ahora el objetivo principal no es el superávit comercial, sino que sería posible tener un saldo exterior negativo siempre y cuando éste se justifique por una inversión productiva desarrolladora. El objetivo en el modelo cooperativo es saltar a la siguiente pantalla de desarrollo (una economía descarbonizada) y no la competitividad internacional per se, aunque ésta debe cuidarse también evitando procesos de concentración empresarial excesivos. En cualquier caso, la transición verde supondrá un gran reequilibrio del saldo exterior de los países sin fuentes de energía fósil que se podrá emplear en mejorar los salarios, reducir la jornada de trabajo y mejorar la educación y la protección social.

La disputa por la demanda externa en economías orientadas a la exportación conduce -como se comprueba en el Mercado Único Europeo- a la puesta en práctica de políticas de devaluación de las condiciones de trabajo y al recorte de los impuestos a las empresas multinacionales con el fin de hacerlas más competitivas y que ganen una mayor porción del mercado internacional. Esto lleva a medio plazo a un crecimiento débil, por el progresivo deterioro de la capacidad adquisitiva de las personas trabajadoras, aumenta la desigualdad, la pobreza laboral y fomenta -como se apuntó- las opciones extremistas que señalan a colectivos vulnerables como responsables del deterioro de las condiciones sociales y de trabajo.

Que exista un brazo preventivo y punitivo para los déficits públicos excesivos y no para los superávits comerciales, es una prueba clara de hasta donde se ha impuesto este modelo económico que, en última instancia, facilita la colonización comercial silente de las economías menos competitivas por aquellas otras en mejor posición de partida. Esas economías no solo han querido ganar en los intercambios comerciales internacionales defendiendo su status quo mediante una regulación conveniente, sino que también han dado la batalla hasta en los tribunales internacionales para que los excedentes que acumulan fueran remunerados al mayor tipo de interés en la economía financiera.

Recuérdese que Draghi fue llevado ante el Tribunal de Justicia de la UE cuando intentó poner en marcha un programa de compra de deuda pública en el mercado secundario. Este programa nunca vio la luz y hubo que esperar a 2015 para que el BCE pudiera iniciar la expansión cuantitativa de su balance, rebajar las primas de riesgo de la deuda pública y terminar con la fragmentación financiera de la Eurozona. Por contraste, Estados Unidos tuvo expansión cuantitativa desde 2008 y como resultado sus expectativas de inflación siguieron ancladas, mientras que en la Eurozona se llegó a rozar la zona de deflación y en la última década se ha incumplido el objetivo de inflación. Todo esto se tradujo en una economía europea menos dinámica -una inflación sana de entre el 2% y el 3% es un premio para los que invierten y consumen más-, donde el desendeudamiento fue más lento y donde creció la extracción de renta de los ahorradores sobre los agentes económicos más dinámicos.

Los tres dividendos de la transición verde: independencia, energía limpia y derechos laborales

Adicionalmente, la guerra en Ucrania sitúa en un primer plano la importante dependencia energética exterior de la UE y aboga por una aceleración en el proceso de transición verde acometida en toda su extensión: energética, movilidad, rehabilitación de edificios, agrícola, recursos hídricos y desertización. La expansión de las energías de origen renovable sirve para detener el cambio climático y superar la fragilidad de las economías europeas en la generación de energía. Alcanzar este doble dividendo requiere hacer lo que el Comisario Paolo Gentiloni no se cansa de repetir, que hay que invertir 520.000 millones de euros al año de aquí a 2030 para alcanzar los objetivos de lucha contra el cambio climático. Aunque Gentiloni habla principalmente de inversión privada, la verdad es que lograr este reto pasa por la movilización de importantes recursos públicos para la inversión.

El establecimiento de un Mecanismo de Recuperación y Resiliencia permanente sería el instrumento necesario para lograrlo, así como para desarrollar proyectos europeos supranacionales que hagan frente a las empresas estadounidenses y chinas en la digitalización y sectores de vanguardia. Aquí el modelo de Airbus -que venció a Boeing y la McDonnell Douglas- sería el ejemplo a seguir. El dividendo de esta inversión sería triple: independencia energética, energías limpias y un dinamismo económico con origen en la inversión y la innovación, en lugar de mediante le recorte de los derechos laborales y la caída de la recaudación en el impuesto de sociedades.

El tren del progreso vuelve a pasar por delante de España

La transición verde y la transformación digital son para España una oportunidad histórica, como lo fue la entrada en el euro; solo que esta vez no se debería desaprovechar. La introducción del euro supuso disponer por primera vez en la historia económica española de una moneda fuerte con un tipo de cambio estable y tipos de interés bajos. Hasta entonces los ministros de economía españoles batallaban por mantener una cotización estable de la peseta -a costa de tipos de interés altos que dañaban la inversión- para comprar la energía y materias primas a un precio razonable que no generara mucha inflación. Con el euro, por primera vez, el ministro de economía de turno no necesitaba preocuparse por la estabilización de las constantes vitales básicas de la economía y podía dedicarse al desarrollo del tejido productivo.

Desgraciadamente, la oportunidad que abrió el euro no solo se desaprovechó, sino que se usó para alimentar una burbuja de precios en el sector inmobiliario que dejó endeudado al país. La responsabilidad, sin embargo, no fue solo de los gobernantes nacionales que, como en la dictadura, han seguido durante la democracia muy capturados por los intereses económicos de las grandes corporaciones. El BCE fue, asimismo, artífice de la burbuja inmobiliaria española. A principios de siglo Alemania atravesaba una recesión que, en lugar de encararse con una política fiscal expansiva, se resolvió mediante medidas de austeridad expansiva. El ajuste se llevó a cabo con las reformas Hartz y el BCE puso en marcha una política monetaria con bajada de tipos que no se justificaba por los fundamentales de la Eurozona. La receta de la austeridad expansiva se aplicaría después durante la crisis del euro a las economías europeas en dificultades, pero esta vez en su versión ricino pues no habría apoyo monetario por parte del banco central.

En consecuencia, la crisis derivada de la pandemia y la causada por la crisis inmobiliaria no son tan diferentes. La actual tiene su origen en un virus zoonótico y la anterior en un virus monetario que generó un exceso de liquidez que hizo, entre otras cosas, que se compraran todos los coches de alta cilindrada que Alemania necesitaba para salir de la recesión. Ahora el eficaz funcionamiento de las vacunas y el sistema sanitario nos han librado de muchas muertes y han posibilitado una más rápida salida de la crisis. En cambio, durante la burbuja inmobiliaria el Banco de España -el organismo cuya independencia está pensada para evitarlas- se puso de perfil. Luego alguien olvidó recapitalizar las entidades de crédito con dificultades durante la fase de repuesta expansiva contra la crisis, mientras paradójicamente varios países europeos sí inyectaban cantidades ingentes de capital en sus bancos entrampados en el fraude de las subprime. Después alguien saneó las Cajas de Ahorros con 100.000 millones puestos por el contribuyente y las regaló a los grandes bancos, perdiéndose para siempre una de las palancas de desarrollo local más importantes con las que ha contado el país. Es difícil predecir cuál será el efecto a largo plazo de esta pérdida, pero las consecuencias podrían ser desastrosas sobre el tejido productivo y el empleo.

Pero dejemos aquí el relato de este nuevo y reciente capítulo de “pueblo traicionado” y volvamos al presente brillante, pues el tren del progreso vuelve a pasar por delante de nuestro país. España cuenta con claras ventajas en la transición verde gracias a sus muchas horas de sol y viento. Puede convertirse no en poco tiempo en un país que genere su propia energía y además que esta sea limpia y barata. De culminarse esta misión con éxito, España podría dejar de ser un país periférico en Europa y empezar su viaje al centro. Esta es también una transición industrializadora pues, como detalla nuestra brillante Secretaria de Estado de Energía, el 90% de la cadena de valor eólica, el 60% de la fotovoltaica y el 90% de los bienes de equipo eléctricos son de fabricación nacional.

Como en el ajedrez es conveniente avanzar algunos movimientos en lo que puede significar para el tejido productivo convertirse en un país generador independiente de energía limpia y barata, aunque pudiera parecer una cuestión a demasiado a largo plazo.  No lo es porque sus efectos ya se están desencadenando de manera creciente. España se convertiría así en un polo de atracción de inversiones internacionales y posiblemente de actividades energívoras: cementeras, siderurgia del aluminio, granjas de minado de criptomonedas, etc. Y sobre esto el economista jefe del BBVA ha planteado una cuestión clave que debería formar parte del debate público: ¿son estas las empresas que queremos para nuestro país? Si no estamos atentos al siguiente movimiento, nos ocurrirá como con el euro, que alguien moverá ficha por nosotros y decidirá cómo asignar esa energía limpia y barata y los excedentes que se liberen. Del empleo del euro para inflar una burbuja de precios surgieron grandes empresas constructoras que ahora ganan grandes contratos internacionales, pero a que precio: a costa de dejar endeudado a todo el país. Este no parece un buen ejemplo de modelo de desarrollo.

En algún despacho de alguna cancillería de Centroeuropa a España le han podido asignar ya el papel de ser la Florida de Europa. Sin embargo, Florida es uno de los estados más pobres de Estados Unidos y a lo que deberíamos aspirar es a convertirnos en California; el más rico. Para esto es necesario prestar también tanta atención a la transformación digital como a la transición verde. Desgraciadamente aquí el gobierno no tiene tan claro el dibujo de las cadenas de valor nacionales y se corre el peligro de no asistir a una digitalización industrializadora. La esperanza es que sigue habiendo tiempo para corregir el tiro, la duda es que si se es consciente de esta importante carencia.

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